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La imagen más conocida del mítico Einstein lo presenta
ya anciano, aureolado por una melena leonina, con el blanco bigote muy
poblado, los ojos bondadosos y profundos, un cómodo jersey excesivamente
ancho, viejos zapatones que usaba siempre sin calcetines y un pantalón
arrugado que sostenía a veces por medio de una corbata atada
a la cintura a la manera de cinturón. Siempre vivió con suma modestia. Durante su último período
en Pricenton, siendo ya Premio Nobel de Física de 1921, salía
todas las mañanas a las diez y media, enfundado en un añoso
abrigo deforme y, en invierno, tocado por un gorro de lana de marinero,
para llegar a su despacho, cuya ventana miraba a un bosquecillo, y pasarse
el tiempo escribiendo en una libreta que apoyaba sobre sus rodillas.
En ocasiones se detenía a reflexionar mientras sus dedos jugaban
con mechones de pelo. Todo su equipo de investigación se reducía
a ese aislamiento amable, a ese papel y a ese lápiz, y su laboratorio
no era otro que su bien amueblado cerebro. De niño, Albert se apartaba de sus compañeros y los maestros lo juzgaban de inadaptado. En casa solía componer alguna melodía al piano que luego tarareaba por la calle. Estudiante mediocre, fracasó en los exámenes de ingreso en el Politécnico de Zurich, los cuáles logró pasarlos en la segunda ronda. Su tesis doctoral, un trabajo de 29 páginas titulado «Una nueva determinación de las dimensiones moleculares», fue evaluado por el tribunal examinador como irrelevante. Por aquel tiempo tenía la costumbre de pasearse con un viejo
violín con el que interpretaba a menudo fragmentos de su compositor
preferido, Mozart, y frecuentaba el rincón de un café
donde pasaba largas horas solo y ensimismado. A los veintitrés años todo lo que había logrado era un puesto de examinador en una oficina de patentes de Berna, y sin embargo, dos años después, en 1905, revolucionaría el mundo científico con su teoría de la relatividad restringida. En el célebre artículo en que dio a conocer su teoría, «Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento», postuló que la velocidad de la luz es constante para todos los sistemas de referencia y como consecuencia de ello, el tiempo es relativo al estado de movimiento del observador. Y en nuevo artículo publicado poco después para clarificar la estructura matemática de la teoría de la relatividad restringida, «¿Depende la inercia de un cuerpo de su energía?», dedujo su conocida fórmula E = m c^2, la energía es igual a la masa multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz en el vacío. Lo que significaba que si se lograra liberar la energía condensada en una pequeña masa, la potencia resultante sería equiparable a millones de toneladas de TNT. Sólo-faltaba resolver técnicamente esta dificultad para que pudiera desencadenarse la más colosal de las galernas, el cataclismo más aterrador del planeta. Y a esta orgía apoteósica se entregó la humanidad en Hiroshima en el año de 1945. La responsabilidad de tamaño desafuero recae en parte en Einstein, porque, aunque no participó en el desarrollo de la bomba de fisión en Los Alamos (Nuevo México), en 1939 escribió a Roosevelt señalando las inmensas posibilidades de obtener buenos resultados en la investigación atómica con el uranio, y en la misma carta indicaba que «este nuevo fenómeno permitiría la fabricación de bombas». Bien es verdad que su actitud venía impuesta por la carrera armamentística iniciada por Alemania, muy interesada en la obtención de este formidable instrumento de destrucción, pretensión que, de haberse visto satisfecha, hubiera sin duda decantado la balanza de la Segunda Guerra Mundial del lado nazi. Einstein, que como judío había tenido que exiliarse de Berlín cuando comenzaron las persecuciones antisemitas, odiaba la política hitleriana y naturalmente apoyaba los esfuerzos armados de las democracias aliadas para poner fin a su pograma expansionista.
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No obstante, antes y después de la célebre carta que decidió al presidente estadounidense a dar luz verde a las investigaciones en la dirección que apuntaba el reputado físico y Premio Nobel, Einstein fue un ferviente antimilitarista que llegó a escribir: «Quiero hablar del peor engendro que ha salido del espíritu de las masas: el ejército, al que odio. Que alguien sea capaz de desfilar muy campante al son de una marcha basta para que merezca todo mi desprecio, pues ha recibido cerebro por error: le basta con la médula espinal. Habrá que hacer desaparecer lo antes posible a esa mancha de la civilización. Cómo detesto las hazañas de los mandos, los actos de violencia sin sentido y el dichoso patriotismo. Qué cínicas, qué despreciables me parecen las guerras. ¡Antes dejarme cortar en pedazos que tomar parte en una acción tan vil!
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| Las condiciones de vida de Einstein
no mejoraron a partir de 1905. En 1908 explicó en la Universidad
de Berna una compleja asignatura llamada «Teoría de la radiación»,
pero en ella sólo se matricularon cuatro alumnos, y al año
siguiente sólo uno, por lo que juzgó conveniente renunciar.
En octubre de 1909 ingresó como profesor ayudante en la Universidad
de Zurich, si bien para impartir asignaturas elementales como Introducción
a la mecánica, y hasta 1911 no pudo ofrecer su primera conferencia
sobre la teoría de la relatividad. Por fin, en 1916 publicó
su artículo «Fundamentos de la teoría de la relatividad
generalizada», donde formulaba una nueva teoría de la
gravitación.
El 2 de junio de 1919 contrajo matrimonio con su prima
Elsa, quien había estado casada previamente y cuidaba de dos hijos.
Era una mujer dulce y amable que no tenía, felizmente según
Einstein, ni la más remota idea de cuestiones científicas,
a diferencia de su primera esposa, la inquieta Milena. El inmediato Premio Nobel de Física que le fue
concedido por la Academia sueca en 1921 terminó por encauzarlo
hacia una celebridad a escala mundial que no acabaría de aquilatarse
plenamente hasta los años treinta. Einstein rechazó el honroso requerimiento en una
carta donde hacía constar: «Estoy triste y avergonzado
de que me sea imposible aceptar este ofrecimiento... Esta situación
me acongoja aún más porque mi relación con el pueblo
judío ha llegado a constituir para mí la obligación
humana más poderosa desde que adquirí la conciencia plena
de nuestra difícil situación entre los otros pueblos...
Deseo de todo corazón que encuentren un presidente que por su historia
y su carácter pueda aceptar responsablemente esta difícil
tarea.» |